Helicobacter pylori. Detrás de este nombre inusual se esconde una bacteria que coloniza la mucosa gástrica. Su capacidad para resistir condiciones extremadamente ácidas le permite proliferar en este órgano. Si bien el nombre puede no resultar familiar, la infección por Helicobacter pylori está muy extendida a nivel mundial: coloniza el estómago de la mitad de la población mundial. Solo en Francia, su prevalencia oscila entre el 15 y el 30%, aunque la frecuencia varía según el grupo de edad.
La infección es más probable durante la infancia, principalmente en los primeros cinco años, debido a una higiene deficiente o al contacto cercano con otras personas. El contacto directo con secreciones estomacales, como la regurgitación o el vómito, es un factor importante. La saliva es otra posible fuente de infección, por lo que los niños que se llevan objetos a la boca con frecuencia pueden infectarse por contacto con otros niños, por ejemplo, dentro de la misma familia o guardería. Sin embargo, dado que Helicobacter pylori solo se desarrolla en el estómago, esta bacteria se transmite con mucha menos facilidad que otras.
Cabe destacar que el riesgo de infección en la edad adulta es muy bajo, aunque las medidas de higiene básicas, en particular lavarse las manos antes de cocinar y comer, siguen siendo esenciales. La gran mayoría de las personas infectadas con Helicobacter pylori son asintomáticas y, por lo tanto, no desarrollarán ningún problema de salud. Sin embargo, aunque silenciosa, la infección puede provocar gastritis, una inflamación crónica de la mucosa gástrica que persiste de por vida si no se trata. Generalmente sin síntomas específicos, a veces puede causar molestias y dolor digestivo, signos que deben tomarse en serio.
Como advierten las autoridades sanitarias, la infección por Helicobacter pylori puede progresar de la gastritis a afecciones más graves que pueden aparecer años después. Estas incluyen úlceras, que son llagas más o menos profundas en la mucosa gástrica, y cáncer de estómago. Eliminar la bacteria ayuda a reducir la inflamación de la mucosa gástrica y, con ella, las úlceras y otros problemas digestivos. Las personas infectadas reciben tratamiento con antibióticos, junto con medicamentos para reducir la acidez estomacal.
Este tratamiento, que dura de 7 a 14 días, cura la infección en el 80 al 90% de los casos.
Alexandra BRESSON
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